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M.

  M.   Cuando lo conocí eran los años finales de la década de los setenta (del siglo pasado, evidentemente). No recuerdo si antes o después de las primeras elecciones de la democracia actual. En realidad eso tiene una cierta importancia, no por el personaje en sí, pero sí por su entorno. No era un tipo alto, en absoluto, más bien bajo de estatura, pero fornido como un roble: un tronco esférico del que salían dos cortas y fuertes piernas, dos musculosos brazos y, coronándolo, una cabeza cual pelota de balonmano, que a la de fútbol no llegaba, tocada siempre con un sombrero. En la boca un puro, su toba, uno de esos más finos que dan en llamar señoritas o simplemente un hierbajo cualquiera. M era un buen paisano. Yo creo que se llevaba bien con casi todo el mundo. Vivía en los límites en los que la ciudad apenas deja de serlo y, sin querer, se transforma en campo; cuando uno va paseando por una calle y, de repente, distraído, se da cuenta de que huele diferente, de que los edific...