M.
M.
Cuando lo conocí eran los años finales de la década de los setenta (del siglo pasado, evidentemente). No recuerdo si antes o después de las primeras elecciones de la democracia actual. En realidad eso tiene una cierta importancia, no por el personaje en sí, pero sí por su entorno.
No era un tipo alto, en absoluto, más bien bajo de estatura, pero fornido como un roble: un tronco esférico del que salían dos cortas y fuertes piernas, dos musculosos brazos y, coronándolo, una cabeza cual pelota de balonmano, que a la de fútbol no llegaba, tocada siempre con un sombrero. En la boca un puro, su toba, uno de esos más finos que dan en llamar señoritas o simplemente un hierbajo cualquiera. M era un buen paisano. Yo creo que se llevaba bien con casi todo el mundo.
Vivía en los límites en los que la ciudad apenas deja de serlo y, sin querer, se transforma en campo; cuando uno va paseando por una calle y, de repente, distraído, se da cuenta de que huele diferente, de que los edificios parece que se esponjan, que ya no es un continuo, sino una distribución discreta, espaciada. Se oye el ladrar de un perro, un cencerro, el mugido de una vaca, y el olor, ese olor a estiércol amontonado al lado de una nave adosada a una vivienda rústica, de campo, fuera de lugar, que no casa, para nada, con lo que hasta hace dos minutos veíamos.
Todavía queda algún disperso edificio de pisos rodeado por alguna huerta, por prados donde, aquí y allá, pastan algunas vacas, un burro y algunas gallinas picotean el suelo. El perro está amarrado a la puerta de la cuadra. Todavía hay aceras, pero ya les queda poco, como a la calle asfaltada. Ambas mueren a la vez. Las unas en un prado, la otra transformada en su versión pobre, en camino de tierra y piedras.
Un poco más allá, pero muy cerca, apenas diez minutos caminando, vive M. Allí ya no hay ni calle que pueda recibir tal nombre, ni, por supuesto, aceras. Praderías, huertos, árboles frutales, castaños, robles, abedules, fresnos, incluso alguna palmera, posible capricho de algún vecino de la zona. M es agricultor y ganadero. Tiene fincas cerca de su casa y otras un poco más lejos, allende la carretera y las vías del tren de cercanías. Vive de las vacas, del maíz, de la huerta, de algún cerdo que se mata de tarde en tarde. No es pobre. Ahora tampoco rico. Aquello es un barrio semiabandonado aledaño a una ciudad mediana, antigua; sólo alguno de sus habitantes tienen, como M, ganadería, pero huertos sí, huertos hay unos cuantos. Muchos de los habitantes de la ciudad ni lo conocen, ni saben de su existencia.
Por el sur los accesos son mejores. Una carretera, que no calle, alumbrada por unas cuantas bombillas que cuelgan, lánguidas, de los inhiestos postes que, en aquellos tiempos, llevaban la electricidad y el teléfono a las dispersas casas y que apenas llegaban a iluminar la base que las sustentaba. Por el norte se accedía por un camino de barro y piedras; los días de lluvia, se volvía casi impracticable. Cuando nevaba sólamente se podía acceder, bien por el norte o por el sur, después de que hubiese pasado el LandRover de E.
M tenía un tractor pequeño, de aquellos que para tener cuatro ruedas había que engancharlos a un pequeño remolque. Ya en los ochenta avanzados se compró uno de los grandes, de esos de ruedas traseras desmedidas, un remolque de verdad, después una empacadora. En algún momento se casó y tuvo un hijo y una hija. Trabajaba de sol a sol, no sólo en sus campos y su ganadería, sino que también alquilaba sus servicios a otros vecinos de la zona para empacar, arar o retrovatear sus campos. Eso sí, él siempre caballero en su corcel mecánico impartiendo instrucciones a unos y a otros.
En los límites de los años ochenta y noventa (otra vez siglo pasado, claro está) el consistorio se acordó de la zona. Para bien y para mal. Hubo un gran cambio para todos. Algunas cosas se consiguieron gracias a las protestas vecinales, en las que M siempre estaba en primera línea, también dispuesto a participar en las reuniones, más o menos festivas que empezaron a organizarse. Quiso la fortuna que varias de sus fincas allende la carretera y el ferrocarril fuesen agraciadas con la denominación de edificables para bloques de pisos. Como de tonto no tenía un pelo, negoció con las constructoras y les sacó unos pisos y unos millones, pero él nunca dejó sus vacas, su tractor y su sombrero, ni de empacar su hierba ni la de los pocos vecinos que todavía se resistían a tener cuatro vacas.
Murió joven. Casi siempre se es joven para morir. Pero tuvo tiempo de ver la total transformación de su entorno. El paso de prados, huertos y animales, a barrio residencial en los que sólo perviven estos últimos, en mucha mayor cantidad, pero en menor variedad. Calles con aceras, urbanizaciones que ahora abrazan la cuadra donde tenía sus vacas, un parque, un estadio de fútbol que se alza en el hueco que dejó la tejera de S, pistas de tenis, una piscina olímpica, edificios de pisos. Sólo, todavía, el suroeste de la zona conserva parte de la estructura antigua. Todavía los jabalíes la visitan y algún que otro corzo osa dejar atrás el cercano bosque para acercarse y pastar cerca de algunas casas.
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