NOCTURNO
NOCTURNO No soy yo persona que guste de errar por ciudad ni campos cuando la noche se activa y artefactos, bestias, hombres y mujeres se amansan y dejan de emitir los mil y un sonidos que pueblan los días. Pero sí me gusta la noche. La quietud que, mayormente, la acompaña. El silencio roto por el suave ulular de la curuxa o el pausado telegrama del autillo, el croar de los sapos, los ladridos lejanos de perros insomnes, rotos sólo por el estrepitoso pasar del camión de la basura. Me gusta el brillo titilante de las estrellas en las noches después de pasada la tormenta, cuando el cielo ha expulsado todas las balsas de agua que cabalgan las nubes, mientras que allá, a lo lejos, cuando los sonidos del trueno apenas anuncian su inminente llegada, los rayos acuchillan la negrura y se retuercen en zigzag histéricos por llegar al suelo. Pero a veces no me importa pasear la noche, hacer recuento de las ventanas de los noctámbulos, evitar los charcos formados a result...