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12/03/2026

  12/03/2026        Tras haberse recuperado de las guerras que asolaron la primera mitad de siglo XX, uno podría pensar que la raza humana recuperaría algo de sensatez y, por fin, entraría en sus duras cabezotas que la única manera de subsistir y poder convivir en paz era así precisamente, en paz, respetando unas normas básicas de convivencia. Normas muy sencillas. Estaban escritas hacía muchos años, en 1948,  en un documento que sus ilusos redactores denominaron “Declaración universal de los derechos humanos”, treinta artículos que nunca fueron cumplidos en su totalidad por ninguno de los países firmantes, unos más, otros menos, pero nunca todos.      Sólo había que añadir, para actualizarla, media docena de puntos referidos a la conservación y respeto a la naturaleza y al uso ponderado de los recursos de la Tierra. No pudo ser. Y así estamos ahora, a las puertas de otra catástrofe global. Nos merecemos todo lo que nos pase.

MI CALLE

  MI CALLE   Mi calle era pequeña, apenas cincuenta metros, encajada entre dos edificios idénticos, actuando como eje de simetría de los mismos. Dos aceras iguales la abrazaban a derecha e izquierda, aceras grises, lisas, de obra, no de baldosas. Era una calle sin salida. No, no es verdad, no hay calles sin salida, todas las calles tienen una, aunque así mal denominan a las que coincide con la entrada, si no no serían calles, serían patios o corrales u otra cosa. La parte alta se cerraba con una verja como de dos metros de alto que impedía el paso a los visitantes no deseados al CHALET, así, con mayúscula, donde vivía la familia del dueño de los dos edificios.   La calle subía suavemente hasta volverse horizontal en el último cuarto; en las aceras, ese cambio se libraba con un pequeño escalón a la altura del portal de arriba. Porque los edificios tenían dos portales, uno al principio y otro casi al final. En cada portal había dos plantas y cuatro viviendas, todas alquilad...

NECRONOMICON

  NECRONOMICÓN Con relativa frecuencia, más que nada en función del tiempo atmosférico, suelo dar una vuelta por el mercado dominical de El Fontán, el rastro ovetense. Allí suelo demorarme en ojear todo tipo de tenderetes, fundamentalmente de cacharrería varia y, sobre todo, los de libros de segunda mano. Es raro el día de los que voy que no merco algo, evidentemente y con muchísima frecuencia, algún libro.   No recuerdo cuando, pero no recientemente, en uno de los puestos situados cabe la fuente, encontré un volumen de una antología de novela negra del que ya había adquirido algún otro ejemplar. Después de hojearlo brevemente para comprobar su estado y que tenía historias desconocidas para mi, escritas por autores conocidos o no, lo compré a un precio razonable.   Este tipo de libros (las antologías) no suelo leerlos de un tirón, sino que reposan tranquilamente en su estante y son requeridos, de vez en cuando, para leer alguna de sus historias. Eso puede ocurrir cada mes...

NOCTURNO

  NOCTURNO   No soy yo persona que guste de errar por ciudad ni campos cuando la noche se activa y artefactos, bestias, hombres y mujeres se amansan y dejan de emitir los mil y un sonidos que pueblan los días. Pero sí me gusta la noche. La quietud que, mayormente, la acompaña. El silencio roto por el suave ulular de la curuxa o el pausado telegrama del autillo, el croar de los sapos, los ladridos lejanos de perros insomnes, rotos sólo por el estrepitoso pasar del camión de la basura.   Me gusta el brillo titilante de las estrellas en las noches después de pasada la tormenta, cuando el cielo ha expulsado todas las balsas de agua que cabalgan las nubes, mientras que allá, a lo lejos, cuando los sonidos del trueno apenas anuncian su inminente llegada, los rayos acuchillan la negrura y se retuercen en zigzag histéricos por llegar al suelo.   Pero a veces no me importa pasear la noche, hacer recuento de las ventanas de los noctámbulos, evitar los charcos formados a result...

CIUDAD PASTICHE

  CIUDAD PASTICHE Este es un difícil ejerc i cio. Construir una ciudad ideal a base de seleccionar trozos de otras ya existentes. Cuando sólo te gustan las ciudades cómodas, aquellas que pueden ser caminadas y en las que la superpoblación no da lugar a atascos, empujones y agobios, hace que se descarten todas las grandes urbes. Mi límite estaría, por arriba, entre los 200.000 y 300.000 habitantes. El límite inferior es aún más difícil; a pesar de reconocer que localidades  razonablemente pequeñas, de  entre 5.000 y 10.000 vecinos pueden ser tentadoras, a mí se me quedan escasas; eso de que todo el mundo conozca a todo el mundo estaría bien entre personas civilizadas, cualidad ésta que, cuanto más reducido es el grupo, más trabajo cuesta mantener .  Así que pondré el intervalo inferior entre 50.000y 100.000 ciudadanos. Y ahora a montar el puzle. Primero: imprescindible un buen paseo marítimo, por supuesto razonablemente llano. Podría ser  el de Gijón o  el...

CAMPO DE BATALLA

  CAMPO DE BATALLA             No quisiera empezar transcendente, pero el primer campo de batalla es tan antiguo como el nacimiento de la VIDA. Así, con mayúsculas. Esa primera afortunada (o desafortunada, según se mire) combinación de átomos en moléculas y de éstas organizándose como vida para luchar contra el entorno, crecer, desarrollarse, evolucionar y llegar a donde hoy estamos todos los seres vivos.             Y no hacen falta enormes guerras, ni pequeñas, para batallar en el día a día. Vivas donde vivas, hagas lo que hagas, grandes o mínimas escaramuzas obligan a no bajar la guardia, salvo que seas un budista zen cuya única meta es alcanzar el nirvana y, así y todo, algún conflicto tendrás para no lograrlo a la voz de ya.             En todos los campos de batalla hay vencedores y vencidos, incluso los med...

03012026. LA SINGULARIDAD. 05012026

  03012026 Hoy es tres de enero de 2026. Son las cinco de la tarde. Mi intención era empezar a escribir un relato para cumplir con los deberes impuestos para la clase de escritura del miércoles 14. Pero esta mañana, cuando puse la radio, me enteré de la agresión sufrida por el pueblo de Venezuela por parte del ejército enviado por un auténtico imbécil narcisista, completamente amoral, que ejerce el poder delegado por varias decenas de millones de analfabetos e irresponsables de su país. Además, la justificación, puramente económica según él mismo reconoce, era también detener a otro pobre imbécil, manejado por una camarilla de fanáticos que sólo buscan su bienestar. El resultado es el secuestro del tonto local, la destrucción de parte de las infraestructuras del país y el asesinato de un número indeterminado de militares y civiles venezolanos. Mientras tanto, todavía ahora, la adocenada unión europea calla, la cínica Rusia protesta y, del resto del mundo, unos, los más, se call...