MI CALLE
MI CALLE Mi calle era pequeña, apenas cincuenta metros, encajada entre dos edificios idénticos, actuando como eje de simetría de los mismos. Dos aceras iguales la abrazaban a derecha e izquierda, aceras grises, lisas, de obra, no de baldosas. Era una calle sin salida. No, no es verdad, no hay calles sin salida, todas las calles tienen una, aunque así mal denominan a las que coincide con la entrada, si no no serían calles, serían patios o corrales u otra cosa. La parte alta se cerraba con una verja como de dos metros de alto que impedía el paso a los visitantes no deseados al CHALET, así, con mayúscula, donde vivía la familia del dueño de los dos edificios. La calle subía suavemente hasta volverse horizontal en el último cuarto; en las aceras, ese cambio se libraba con un pequeño escalón a la altura del portal de arriba. Porque los edificios tenían dos portales, uno al principio y otro casi al final. En cada portal había dos plantas y cuatro viviendas, todas alquilad...