LA NAVE DE LOS LOCOS

 

LA NAVE DE LOS LOCOS

           

 LA NAVE DE LOS LOCOS. EL BOSCO. ÓLEO SOBRE TABLA (58cm x 33cm).

Hacia 1503-1504. MUSEO DE EL LOUVRE. PARIS. 

            Mi nombre es, por expreso deseo de mi padre y mi abuelo, Jheronimus van Aken, el mismo que tenía mi abuelo. Mi abuelo era pescador. En sus años mozos, él y su hermano tenían una pequeña barca de un solo mástil con la que, todos los días, salían a las frías aguas del Atlántico a pescar. Por entonces la abundancia de peces era tal que, a veces, bastaba que viesen el brillo del anzuelo para lanzarse a él y engancharse. Quizá esperaban llegar a un nuevo mundo menos saturado y en que hubiese menos competencia por la comida. Pobres infelices, no sabían que su destino no era otro que la cazuela o las brasas y ser comidos.

            Mi abuelo y su hermano prosperaron gracias a la pesca y se compraron un terreno, una loma situada enfrente del puerto, donde construyeron su casa, desde donde se podía vislumbrar, en los días claros, la mezcla de los azules en la raya del horizonte y la arribada en lontananza de los barcos que se aventuraban más allá de él. Después compraron dos barcos más grandes, uno para cada uno, con los que siguieron faenando. Mi abuelo se casó y tuvo cuatro hijos, el menor de los cuales, mi padre, siempre aborreció la mar, mientras que sus hermanos, apenas tuvieron la edad necesaria, se enrolaron en los barcos de pesca de mi abuelo y su hermano.

            Mi tío abuelo nunca se casó, pero siguió viviendo siempre con nosotros. Con el tiempo mi padre y mis tíos se casaron y tuvieron hijos. La casa inicial fue ampliándose hasta convertirse en una gran mansión, con huertos y corrales donde pastaban algunos animales y correteaban patos y gallinas. De toda la tropa de chiquillos que por allí corríamos, los más jóvenes éramos mi hermano y yo.

            Con el tiempo, cada uno de mis tíos era el dueño y capitán de un hermoso velero con los que salían a alta mar en busca de los mejores peces. Mi abuelo y su hermano seguían saliendo con su pequeña lancha a costear y pescar algo para la comida o la cena, mientras que mis tíos, con algunos de sus hijos y otros marineros, tardaban varios días en volver a puerto. Mi padre era el encargado de todos los asuntos de tierra: la venta del pescado, la compra del suministro para los barcos y cualquier negocio que tuviera que ver con todo ello.

            Un invierno mi tío abuelo falleció; su hermano no quiso volver a salir a pescar e hizo que subiesen la barca hasta un laurel que empezaba a crecer delante de la casa. ¡Cuántas travesías imaginarias hacíamos mi hermano y yo!, pescando maravillosos peces espada o cuando arponeábamos una ballena y, tras singular combate, la arrastrábamos hasta el puerto. Mientras tanto, mi abuelo sonreía mirándonos mientras fumaba su pipa de espuma de mar, oteando siempre el horizonte con sus ojos entrecerrados.

            La mar es una madre generosa, pero también caprichosa; de vez en cuando, pide un sacrificio humano para seguir otorgando sus favores. Un día aciago, cuando los barcos de la familia estaban pescando en alta mar, se levantó una inesperada galerna que los tragó a los tres; de mis tíos, sus hijos y el resto de las tripulaciones nunca más supimos. Las lágrimas empaparon la tierra de nuestra casa, lágrimas que, por no querer remedar la salazón, brotaron ácidas como el vinagre; todos maldecíamos la mar que hasta entonces había sido tan generosa con nosotros.

            Mi padre reunió a las familias; entre todos decidieron vender la casa y los terrenos y alejarse hacia el sur, al interior, donde no se oyese el susurro de las olas, ni hablar del mar, ni siquiera aspirar el aire con olor a salitre que pudiese venir de él. Se adquirió y nos instalamos en una vasta propiedad cerca de la Selva Negra, donde el horizonte, quebrado en verde y azul, está tan próximo que no hace falta forzar la vista para divisar la lejanía.

            Ahora, casi veinticinco años después, por un encargo de trabajo, he tenido que volver al pueblo de mi abuelo. Por curiosidad quise ver las tierras por las que discurrieron mis correrías infantiles. La mansión parece más grande. A lo mejor lo es. Ahora es una casa de salud que regentan monjas y frailes de una orden religiosa. Allí siguen los huertos, los cercados para los animales, los árboles. Y allí sigue la lancha del abuelo, al lado del laurel ya crecido, varada en un mar de hierba en el que algunos locos simulaban flotar. En ella, unos cuantos de aquellos pobres orates, acompañados por un fraile y un par de monjas, reían, cantaban, gritaban y lloraban y, quizás, realizaban imaginarias singladuras a remotos territorios en los que los locos serían los otros.



           

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