CAMPO DE BATALLA

 

CAMPO DE BATALLA

            No quisiera empezar transcendente, pero el primer campo de batalla es tan antiguo como el nacimiento de la VIDA. Así, con mayúsculas. Esa primera afortunada (o desafortunada, según se mire) combinación de átomos en moléculas y de éstas organizándose como vida para luchar contra el entorno, crecer, desarrollarse, evolucionar y llegar a donde hoy estamos todos los seres vivos.

            Y no hacen falta enormes guerras, ni pequeñas, para batallar en el día a día. Vivas donde vivas, hagas lo que hagas, grandes o mínimas escaramuzas obligan a no bajar la guardia, salvo que seas un budista zen cuya única meta es alcanzar el nirvana y, así y todo, algún conflicto tendrás para no lograrlo a la voz de ya.

            En todos los campos de batalla hay vencedores y vencidos, incluso los mediopensionistas pertenecen a un bando u otro desde el momento que dieron la guerra por perdida o por ganada. Hoy las batallas más sordas, más continuas y permanentes se dan en las ciudades, en los pueblos, en esas comunidades que, en un principio, nacieron como una coalición de intereses comunes, para el reparto del trabajo, de la defensa frente a posibles agresiones, no necesariamente de otras personas, sino del entorno en general. Qué poco duraron esos buenos propósitos. Qué pronto se establecieron las castas, los grupos, las religiones.

            La ciudad es un terrible campo de batalla desde entonces. En el insolidario día a día de sus habitantes, que origina pequeños, en general, encontronazos. En el agrupamiento en torno a ideas o creencias que, no por increíblemente inconsistentes e incluso irracionales, hacen que se desprecie al diferente y se le margine y se le condene a incluirlo en uno de esos cientos de guetos sin alambradas físicas en los que, al final, de una manera u otra, todos estamos prisioneros.

            Pobres borregos, carne de cañón, entretenidos con pan y circo, juguetes de amos insaciables, marionetas de intereses confesables, pero secretos para nosotros. Hasta que llega un loco con aún menos principios y no le importa romper el frágil equilibrio en el que se sostienen las sociedades. No, no es cierto, no es que tenga menos principios. Es que sus principios son otros y su meta es conseguir sus deseos como sea, a costa de lo que sea. Aunque, básicamente, todo puede resumirse en lograr el máximo poder económico, que es el verdadero poder. Lo demás son milongas.

            Es entonces cuando las ciudades, las comunidades, se convierten en el verdadero campo de batalla. Y es entonces cuando las guerras se deciden en las ciudades, no en los frentes. Delenda est Cartago (Cartago debe ser destruida) es una de las primeras sentencias de lo que las guerras, desde el principio, tienen como finalidad: la eliminación o sumisión del contrario para obtener algo de él que se desea. Qué son, si no, los bombardeos asesinos de la población civil, como los de Guernica, de Londres, de Hiroshima, de Nagasaki, de Berlín, de Gaza, de Kiev por parte de alguno de los contendientes. Es posible que nunca se haya pensado que en casi todas las guerras mueren más civiles que soldados y que unos pocos, sólo unos pocos, salen de ellas mejor de lo que entraron, más ricos, más poderosos.

            Ay, pobres de nosotros, los comunes mortales, afanados en nuestras pequeñas existencias, en nuestros tontos conflictos, en nuestros nimios logros, en nuestras tristes ilusiones de poder cuando vendemos, alegremente, nuestro voto. Cuando, sobrados de orgullo, pensamos que nuestras creencias son mejores que las de los diferentes (cosa que, por otra parte, casi siempre es cierto, bueno, en algunos casos). Cuando nos disgustamos porque nuestro equipo (de lo que sea) no ha ganado al rival, a ser posible humillándolo y, además, tenemos clarísimo que ha sido por un robo y una injusticia manifiestos.

            Y en la ciudad las ocasiones para envidiar con posterior transformación en odio están a la vuelta de la esquina. El coche del vecino. La mujer del vecino. El marido de la vecina. Los trapitos de los vecinos. Las vacaciones de los vecinos. Lo que sea que tú tengas o hagas y yo no, pero que me apetecería hacer, y más que tú, para metértelo por el hocico. Traducido todo eso a guerritas de chicha y nabo, a infelicidades que, al fin y a la postre, hacen que la vida sea más entretenida.

            NOTA FINAL . Sí, estoy leyendo las Meditaciones de Marco Aurelio, ¿Qué pasa?

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