CIUDAD PASTICHE
CIUDAD PASTICHE
Este es un difícil ejercicio. Construir una ciudad ideal a base de seleccionar trozos de otras ya existentes. Cuando sólo te gustan las ciudades cómodas, aquellas que pueden ser caminadas y en las que la superpoblación no da lugar a atascos, empujones y agobios, hace que se descarten todas las grandes urbes. Mi límite estaría, por arriba, entre los 200.000 y 300.000 habitantes. El límite inferior es aún más difícil; a pesar de reconocer que localidades razonablemente pequeñas, de entre 5.000 y 10.000 vecinos pueden ser tentadoras, a mí se me quedan escasas; eso de que todo el mundo conozca a todo el mundo estaría bien entre personas civilizadas, cualidad ésta que, cuanto más reducido es el grupo, más trabajo cuesta mantener. Así que pondré el intervalo inferior entre 50.000y 100.000 ciudadanos.
Y ahora a montar el puzle. Primero: imprescindible un buen paseo marítimo, por supuesto razonablemente llano. Podría ser el de Gijón o el de San Sebastián; me valen por el clima y por el Cantábrico. Por proximidad me pido el paseo entre el club náutico y la muyerona. Aprovecho el Piles y convierto el resto de la ciudad en un pequeño gran archipiélago con numerosas pequeñas islas unidas por venecianos puentes suspirantes y separadas por aguas marinas surcadas por silenciosas barcas y peces variados, según temporada.
Pero no como Venecia, encajada la zona acuática por palacios, palacetes y vetustas casonas, convertida la ciudad en hormiguero de turistas e inhabitable por los aborígenes, sino, más bien como las venecias norteñas de Brujas y Amsterdam
En una de las dos mayores islas centrales se yergue, altiva, divisándolo todo, iluminando las noches, la torre Eiffel, rodeada por un enorme museo al aire libre con edificios de la era romana, el obelisco, el coliseo, arcos de triunfo, el panteón, el templo de Júpiter, otros griegos, como el templete de las cariátides, un Buda gigante, el Abú Simbel egipcio, tumbas policromadas del valle de los reyes, toda una orgía de obras maravillosas para recordarnos lo mucho que podemos hacer, lo poco que somos y lo efímera que es la existencia de los imperios y sus civilizaciones.
En otra gran isla, de unos cinco kilómetros cuadrados, un a modo de central park neoyorquino, un espacio verde con praderías, arboledas, lagos, un gran espacio para el solaz, recreo y relax de las gentes.
Y aquí me paro. Basta ya de tanta tontería. Si hubiese una ciudad como la hasta ahora descrita, la horda de viajeros compulsivos, devotos irredentos de santo Tomás, que tienen que mover sus pies hasta allí y emponzoñar todo con sus zarpas para creérselo y terminar con cualquier tipo de tranquilidad y belleza.
En la actualidad, ¿qué sentido tiene meterse entre pecho y espalda horas de cola para acceder a, por ejemplo, el museo del Prado? Y luego, cual apresuradas hormigas, hacer un recorrido en fila pasando unos segundos delante de cada cuadro, cuando en su casa podrían estar medio día admirando, si de verdad te gusta la pintura, cada detalle de una imagen hiperrealista de las meninas, por ejemplo, mientras se deglute una cervecita y unas aceitunas o un helado si la canícula aprieta.
Así que, en los tiempos que vivimos, montaría una ciudad anodina, con abundantes zonas verdes, eso sí, pero aburrida a más no poder para los posibles visitantes que, desencantados, cantarían sus vaciedades para desanimar a cualquiera que pretendiera visitarla. Edificios sosos, pero con todas las comodidades. Sin museos atractivos, pero con recoletos chigres donde poder pasar el rato con los amigos sin agobios multitudinarios. Algún teatrín, algún auditorín, algún cine, una buena biblioteca. Una ciudad amplia, llana, con un magnífico sistema de sanidad, con servicios municipales excelentes. Pero aburrida. Sin ningún atractivo exótico.
Nada, ni así, ese paraíso pronto se llenaría de tipos aburridos como yo, con gusto por los pequeños placeres, la comodidad y la tranquilidad, que vagarían aquí y allá, terminando por colmatar los locales, las aceras, las zonas verdes.¿Sabéis qué?, que cada uno que se acostumbre a disfrutar de donde le ha caído en suerte y se deje de ensoñaciones y utopías que sólo sirven para alegrar todo el día a los ilusos (ya sabéis; de ilusiones...) y por breves momentos a los demás.
Comentarios
Publicar un comentario