NOCTURNO
NOCTURNO
No soy yo persona que guste de errar por ciudad ni campos cuando la noche se activa y artefactos, bestias, hombres y mujeres se amansan y dejan de emitir los mil y un sonidos que pueblan los días. Pero sí me gusta la noche. La quietud que, mayormente, la acompaña. El silencio roto por el suave ulular de la curuxa o el pausado telegrama del autillo, el croar de los sapos, los ladridos lejanos de perros insomnes, rotos sólo por el estrepitoso pasar del camión de la basura.
Me gusta el brillo titilante de las estrellas en las noches después de pasada la tormenta, cuando el cielo ha expulsado todas las balsas de agua que cabalgan las nubes, mientras que allá, a lo lejos, cuando los sonidos del trueno apenas anuncian su inminente llegada, los rayos acuchillan la negrura y se retuercen en zigzag histéricos por llegar al suelo.
Pero a veces no me importa pasear la noche, hacer recuento de las ventanas de los noctámbulos, evitar los charcos formados a resultas de los regadíos del servicio de limpieza, contar cuántos vehículos van en una dirección o en otra, apostar conmigo mismo si ganarán los pintados de negro, o blanco, o rojo, según capricho, asuntos menores para evitar otros que puedan atascar las neuronas y dar lugar a pensamientos, quizás más trascendentes, que perturben la quietud necesaria para reiniciar la mente y descargarla de las fatigas del día.
Y qué decir de los juegos de sombras que proyectan todos los componentes del mobiliario urbano cuando están a merced de esas luminarias que impiden asomarse a las estrellas, de los guiños tricolores de los semáforos intermitentes, de las tristes luces de emergencia de escaparates de comercios abandonados a la solitaria vigilancia de hieráticos maniquíes transformistas. A veces, escondidos entre las ramas de los pocos árboles de verdad que alternan el discurrir de las aceras con los metálicos de las farolas, los gorriones abren un ojo y emiten un gorgéo tenue.
Al doblar una esquina aparecen las luciérnagas verdes que se posan encima de los taxis, anunciando su disponibilidad para transportarnos a donde necesitemos, rompiendo el duermevela de sus conductores que, arrebujados en sus asientos, esperan pacientes el aviso de la emisora o la llamada en la ventanilla del futuro pasajero (que expresión más curiosa; el futuro pasajero, un anuncio de muerte de algo que no ha llegado, pero que ya estamos dispuestos a enterrar, quizá a olvidar como algo intrascendente, algo que sabemos que vendrá y, apenas en un suspiro, desaparecerá. Curiosa y equívoca conjunción de palabras).
En ocasiones, silenciosos destellos azules atruenan la calle, los edificios, mientras galopan sobre oscuros coches de policías o blancas ambulancias dirigiéndose a no se sabe qué urgencia. En otras son los gritos naranjas de los vehículos de los servicios de limpieza o de eléctricas antorchas que dan noticia de alguna obra inacabada, avisando del peligro de un posible mal paso.
De vez en cuando pasa un coche despacio, sin nada especial, con un par de tipos dentro y, no se porqué, pero en esas ocasiones siempre me acuerdo del Pedro Navaja de Rubén Blades pero, si ha de haber sorpresas, que no sean como en la canción. Mejor, en lugar de vagar solitario, ir de retirada con el grupo de amigos con los que hemos pasado una agradable velada, unas tapas, unas cervezas, o sidra, o vino, lo que se tercie, y pararse a tomar una última copa, la espuela, en cualquier garito donde el vodka esté en el congelador y la música sea suave, pero no pringosa, algunas de esas geniales baladas de rock, tranquilos blues, algo de jazz, clásicos modernos inolvidables para los que aún somos supervivientes del siglo pasado, los que recordamos sus años oscuros. Y a la cama.
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