A SU MANERA

                                                                   A SU MANERA

Sólo se levanta cuando quiere. No importa la hora, ni el día, ni el mes. Y duerme. Horas de reposo absoluto para el cuerpo. Horas de reposo para la mente cuando, con los ojos abiertos, no ve el pequeño entorno que le rodea y la deja vagar libre, sin interferir en los caminos que va tomando, oscuros o brillantes, solitarios, en medio de multitudes, en el fondo de los océanos, por donde ella quiera.

Medita sobre cualquier cosa, sin apenas reflexión consciente. Las horas que vela, las menos en los cortos días de luz, observa la naturaleza sin más emoción que un espectador, no se involucra en ella, pero vive en ella y ella lo nutre. Las horas no pasan por él, no es consciente del devenir del tiempo. Su rutina está marcada por la luz del día, pero no por el amanecer ni la oscurecida, ese lapso puede ser demasiado largo o demasiado corto, según capricho.

Nunca permanece, conscientemente, despierto más de ocho horas y, aún dentro de ellas, descabeza desconexiones de la realidad circundante, breves o de unas decenas de minutos, no más. En las horas de vela cuida de su parte física. Se procura alimento del entorno, del bosque próximo, de los páramos cercanos, de las estribaciones de la sierra que se levanta más lejos. Diversos tipo de plantas, raíces, frutos de temporada, algún que otro conejo u otro animal cazable mediante trampas sencillas. Y huevos. Huevos del magnífico gallinero que su padre construyó, tiempo ha, aledaño a un lateral de la casa.

Este gallinero merece un paréntesis, ya que no capítulo aparte. Casi no recuerda etapa de su vida en que no existiera, pero, de vez en cuando,  entre la bruma de su mente, surgen pedazos en los que, siendo muy niño, ve a su padre cavar una zanja de casi medio metro de profundidad y un poco menos de anchura; después, la rellenó de piedras prisioneras del yeso que él sacaba de una yesera sita en la loma del páramo del oeste; así, piedra a piedra, elevó el parapeto hasta un metro de altura por encima del terreno, fijando por entremedias del muro, espaciadas, gruesas barras de hierro que, más tarde, aprendió a decir que eran de tetracero. Arrancaba de un lateral de la casa y, con forma de U, acababa en el extremo opuesto de la misma pared, un gallinero adosado, en el que el refugio de las gallinas, un casetón también de piedra de casi ocho metros cuadrados y uno y medio de alto, servía también de leñera donde se almacenaba ese combustible para los meses de invierno.

El corralillo estaba cubierto por una fuerte malla que rodeaba tanto el frente y los laterales como el techo. “Jamás gavilán alguno o garduña me llevará una gallina”, decía su padre. Y así había sido hasta ahora. Dos docenas de gallinas y algún que otro gallo habitaban en tan magnífica jaula. De ahí salían los huevos que comía o que intercambiaba en el mercado del pueblo próximo por las pocas cosas que necesitaba.

El pueblo era el típico de aquellos llanos mesetarios. Casonas grandes, con un patio interior que, en casi todas los ocasiones, servía de corral para los animales domésticos, así que en muchos casos, al tener la casa un único acceso (se seguía el dicho de que casa con dos puertas mala es de guardar), el pasillo hasta el patio era vía de tránsito de personas y bestias. No tendría más allá de quinientos vecinos que se dedicaban, casi todos, al campo y a la cría de algunos animales como puercos (para consumo doméstico) y ovejas (dos buenos rebaños había que sustentaban a varias familias), además de mantener la cabaña de caballos, asnos o mulas que en cada casa necesitasen.

El bar-tienda de ultramarinos-ferretería que regentaban la Charo y su marido y un cine-baile, el de don Eutimio,, que abría los fines de semana y festivos, constituían los dos principales negocios del pueblo. La industria estaba representada por la quesería de la señora Tomasa, a la que procuraban buena leche de oveja los pastores, que ella y su familia transformaban en excelentes quesos con fama en toda la región y la panadería de Toribio, que cocía unas hogazas de pan tan blanco como la nieve y unas tortas de las que era imposible comer un solo trozo. Carne y pescado lo suministraban tres veces por semana un carnicero y un pescadero de la casi ciudad próxima; lunes, miércoles y viernes el carnicero, martes, jueves y sábados el pescadero; para el resto de compras había que desplazarse a la ciudad o hacer encargos por teléfono, invento éste que fue acogido a su llegada con gran alborozo por todos los vecinos, aunque inicialmente, al estar el único aparato en el bar-tienda etcétera, las comunicaciones suponían un pequeño incordio, además de cierta falta de intimidad a pesar de la cabinuca en que lo ubicaron.

Allí se desplazaba Teófilo, pues tal era su nombre, cuando había menester de ello. Su casa, también de piedra y madera, la había construido su padre, mas que como vivienda, como pabellón de caza, o al menos eso a él le dijeron. Su padre formaba parte de una cuadrilla de cazadores llamada “Los Culatas”; su fama se debía mas a las francachelas que organizaban que a sus logros cinegéticos, si bien, en este sentido,  se comentaba que tenían el récord mundial de cartuchos gastados por cada pieza cobrada. Humoradas de los pueblos. El pabellón estaba situado a media ladera. Orientado al sur, gozaba de los rayos del sol desde el orto hasta el ocaso, fresco en verano y agradecido al fuego de la chimenea que lo calentaba en poco tiempo en invierno. Una ventana en el frente, otra en el lateral del gallinero y la tercera en la pared opuesta, daban luz suficiente para la única estancia que constituía la vivienda; en el centro una amplia chimenea calentaba, cuando era necesario, toda la estancia y  podía servir, además, de hogar para cocinar y mantener la olla caliente.

Cuando infante, Teo, así lo llamaban sus pocos conocidos y las gentes del pueblo, recordaba las labores del campo con su padre, su abuelo (durante un tiempo) y otros familiares. Era hijo único, pero tenía varios tíos y tías y unos cuantos primos y primas. Entonces el pueblo tenía tres veces más vecinos que ahora y las épocas de la siega o de la cosecha de la uva eran días en las que todos se juntaban y se ayudaban unos a otros en los campos o en las viñas. En la era, desgranando las mieses con yuntas de mulas que arrastraban los trillos de madera, aventando lo trillado para separar grano y paja, era como una fiesta en la que todos se reunían a comer y a beber del botijo, o de la bota cuando ya se tenía una edad que, ciertamente, nadie controlaba en demasía. Eran los días de la canícula, julio o agosto, según la maduración de los cereales. Garbanzos, lentejas y muelas eran leguminosas que se plantaban y cosechaban para los guisos invernales de cazuela. Unos cuantos almendros nacidos aquí y allá, por las laderas de los páramos, suministraban también alimento extra.

Llegado el otoño comenzaba la fiesta de la vendimia. Cortar los racimos henchidos de uvas, echarlos a los canastos y de ahí al carro y al lagar donde se pisaban (literalmente) para exprimir el mosto, el dulce mosto que encantaba a los críos que, sentados a la puerta, pedían a los adultos  que les escurrieran el pellejo en que lo transportaban desde allí hasta las bodegas. En algunas de las vides se daba un tipo de uva especialmente tinta que, cuando la descubrían los chavales, se dedicaban a perseguirse unos a otros con el fin de entintarlos, “hacer lagarejos” lo llamaban.

No eran malos tiempos. Tampoco buenos. Los inviernos fríos, muy fríos, eternos en su brevedad, con días tan cortos, hacían que la vida del pueblo pareciera invernar. Embutidos en recias zamarras, con gorras o sombreros, gruesos calcetines encerrados en fuertes botas untadas con grasa de caballo, de tarde en tarde algún hombre deambulaba para cumplir un menester imprescindible. Casi nunca una mujer. Los críos y crías, de casa a la escuela y de la escuela a casa. Vestidos todos igual que los hombres, solo unas tallas, las necesarias, más pequeñas. Los domingos todos, menos los impedidos por lo que fuese, a misa. Después, si acaso, un vermú, con o sin sifón, o una cerveza en casa de la Charo. ¿Vino?, nunca, que cada uno tenía el suyo en su bodega.

Y en casa calentándose en la estufa. Esa habitación en la que, por debajo, se encendía el fuego con paja y sarmientos trenzados recogidos tras la poda de las viñas. En las casas, las más de piedra, algunas todavía de adobes y, las menos, de ladrillo y cemento, seguía haciendo frío. No tanto como afuera, pero nadie pensaría en quitase el jersey ni la camisa de recia franela, incluso una manta de buena lana servía de cobijo en la sala. Los que la tenían, al amor de la lumbre de las chimeneas podían organizar algún juego o ponerse a leer o a tejer o a preparar algún avío para la futura primavera. No era cosa de estar ocioso. Algo siempre había que hacer.

Para Teo el invierno era casi un placer. Días tan cortos que las pocas horas de luz se le pasaban rápido. Cocinar un poco y alimentar con leña la chimenea. En cuanto oscurecía, al catre, casi a la vez que las gallinas.  Un candil de acetileno iluminaba la estancia temblorosa mientras él, tumbado y tapado con unas mantas de fuerte lana y unos pellejos de oveja cosidos formando una especie de edredón, dejaba volar al mente. Libre. Sólo en ocasiones rememoraba alguno de los hechos acaecidos durante las faenas de la siega o la vendimia, en las que participaba a cambio de trigo para su consumo y el de las gallinas, unos cuantos racimos de uvas, que el convertía en pasas dejándolas secar, y un par de pellejos de vino para el año. Cuando se despertaba por la mañana el candil estaba siempre apagado, lo que siempre le sorprendía porque él nunca lo hacía antes de dormirse y le daba por preguntarse, en plan de broma, si algún duende vendría a apagarlo al verlo dormir.

 La iglesia no la pisaba. No le hacía falta para nada. En raras ocasiones, cuando se enteraba de que algún conocido se había muerto, se acercaba al cementerio, durante o después del entierro para despedir al fallecido y presentar sus respetos a la familia si la encontraba. Tampoco acudía, salvo por error, a las fiestas del pueblo. No sabía ni cuando caían, en verano eso sí, pero no la fecha, así que si necesitaba algo e iba al pueblo por las fiestas, si las veía a lo lejos, salvo urgencia total, se daba la vuelta.

Teo no sabía cuantos años tenía. Las comadres del lugar decían que había nacido el año de la seca grande, que vendría a caer antes de la guerra, uno o dos años antes, o por ahí, así que ahora rondaría los cuarenta, pero por lo renegrido y arrugado de su piel, flaco, enteco, la cara sin afeitar, con unas barbas que, según tiempos, le tapaban la garganta o dejaban ver la boca y unos pelos que iban a la par que ellas, adornado todo con un temprano encanecimiento, le ponían como veinte años más encima, cosa que a él le daba exactamente lo mismo. En su casa no había espejo y sólo cuando se bañaba en el río (invierno y verano, daba igual la temperatura) veía su rostro y decidía si ya tocaba raparse o todavía no.

Una primavera las gentes del lugar dieron en hablar que hacía tiempo que no veían a Teo. Es raro, siempre suele bajar por aquí en cuanto los días se templan y se alargan. Pues a ver si va a ser cosa de que esté enfermo o se haya caído por cualquier sitio. Así que el alcalde y el médico organizaron una comitiva hasta su casa. Al acercarse oyeron el cacarear de las gallinas, pero se extrañaron de que estuvieran sueltas fuera del gallinero con la portilla abierta. La puerta de la casa estaba entornada. En el interior, solo iluminado por la claridad que entraba por las ventanas, se dejaba ver el cuerpo de Teo, completamente vestido, tendido en el suelo, de espaldas a la puerta, posiblemente agotado en su último esfuerzo por liberar a las gallinas. Su cara mostraba una expresión de enorme paz.

El cura no quiso enterrarlo en sagrado ni decirle una misa. Todo el pueblo subió hasta la casa del páramo y allí, dentro del gallinero, cavaron una fosa, enterraron el cadáver y pusieron sobre la tumba un túmulo de piedras bien gordas para impedir que carroñero alguno pudiese profanar su cuerpo.

 

 

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