MI CALLE
MI CALLE
Mi calle era pequeña, apenas cincuenta metros, encajada entre dos edificios idénticos, actuando como eje de simetría de los mismos. Dos aceras iguales la abrazaban a derecha e izquierda, aceras grises, lisas, de obra, no de baldosas. Era una calle sin salida. No, no es verdad, no hay calles sin salida, todas las calles tienen una, aunque así mal denominan a las que coincide con la entrada, si no no serían calles, serían patios o corrales u otra cosa. La parte alta se cerraba con una verja como de dos metros de alto que impedía el paso a los visitantes no deseados al CHALET, así, con mayúscula, donde vivía la familia del dueño de los dos edificios.
La calle subía suavemente hasta volverse horizontal en el último cuarto; en las aceras, ese cambio se libraba con un pequeño escalón a la altura del portal de arriba. Porque los edificios tenían dos portales, uno al principio y otro casi al final. En cada portal había dos plantas y cuatro viviendas, todas alquiladas a familias variopintas, todas con hijos que, en las tardes de primavera y verano, eran la banda de música que rompía el silencio, ayudada por los gorriones y las palomas que habitaban los tejados, los chillidos de las golondrinas que anidaban bajo los aleros, y el intermitente grito de alguna gaviota pasajera.
Los críos jugábamos a mil y una cosas. Nos pasábamos el día en la calle sin acordarnos para nada de volver a casa. Niños con niños, niñas con niñas o todos revueltos, según la ocasión. De vez en cuando la voz de alguna madre rompía el jolgorio para reclamar a alguno de los suyos, generalmente para hacer algún recado o llamar al orden si se producía algún pequeño tumulto. Era la edad de los pantalones cortos. La edad de las rodillas marcadas por raspones o heridas por caídas, que la mayor parte de las veces se arreglaban con un poco de saliva.
Tráfico no había. Ocasionalmente alguno de los coches del chalet bajaba silencioso o subía carraspeando, mientras los neumáticos aplastaban musicalmente la gravilla que, en un principio, constituía el firme. Además de ellos, el único vehículo visitante asiduo era la isocarro del carbonero repartiendo los sacos de carbón para las cocinas, pues tal era el combustible que se usaba. Más tarde vino el gas, pero siempre dejaban el camión abajo, en la calle principal, y, claro, la calle se llenaba con los gritos de los butaneros anunciando su llegada.
Las cocinas de todas las viviendas tenían ventana a la calle, en la que, a mediodía, se mezclaban los olores de los guisos que de ellas emanaban, las frituras de pescado, los bizcochos recién horneados, el delicioso olor a café, bueno a café con achicoria las más de las veces. Cuando soplaba el nordeste, el aire traía olor al salitre de la mar, de las algas, del pescado recién desembarcado; si rolaba a sur, llegaba el aroma de los habitantes del bosque, helechos, castaños, robles, eucaliptos, mezclado con el olor a vaca y a cucho de la cuadra de los Carretilla. En las ventanas de todas las casas el constructor dispuso un par de macetas de cerámica de alegres colores, rojas, amarillas, verdes, azules en las que las flores de mil y un geranios competían con ellos y desprendían su olor en las tardes de verano.
P.E.: No sé si habeis visto la película Amarcor, de Fellini. Al releer todo esto me la ha traído a la cabeza casi en cada párrafo y ahora entiendo porqué el la subtituló “Mis recuerdos”.
Creo que me voy a animar a escribir un relato más largo sobre este tema.
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