NECRONOMICON

 NECRONOMICÓN


Con relativa frecuencia, más que nada en función del tiempo atmosférico, suelo dar una vuelta por el mercado dominical de El Fontán, el rastro ovetense. Allí suelo demorarme en ojear todo tipo de tenderetes, fundamentalmente de cacharrería varia y, sobre todo, los de libros de segunda mano. Es raro el día de los que voy que no merco algo, evidentemente y con muchísima frecuencia, algún libro.

 No recuerdo cuando, pero no recientemente, en uno de los puestos situados cabe la fuente, encontré un volumen de una antología de novela negra del que ya había adquirido algún otro ejemplar. Después de hojearlo brevemente para comprobar su estado y que tenía historias desconocidas para mi, escritas por autores conocidos o no, lo compré a un precio razonable.

 Este tipo de libros (las antologías) no suelo leerlos de un tirón, sino que reposan tranquilamente en su estante y son requeridos, de vez en cuando, para leer alguna de sus historias. Eso puede ocurrir cada mes o cada año, depende de lo que tenga en la sala de espera, pero tarde o temprano van pasando por ojos. Explico todo esto para que pueda ser más comprensible lo que a continuación relataré.

 Hace unos meses desempolvé el volumen XIII de la antología de que os hablo. Busqué la marca donde lo había dejado el asalto anterior y me dispuse a leer la siguiente historia. Autor para mí desconocido: H. Craft. Título confuso, pero no más que cualquier otro de ese tipo de literatura: “La extraña muerte del mulá Al-Mansur”. Lo que me llamó la atención fue precisamente ese título; no es muy común que en la literatura policiaca, negra o de misterio, como prefiráis llamarla, aparezcan, como personajes principales, nombres árabes y, menos aún, religiosos.

 El relato empezaba con una descripción de la ciudad de Saná, en el Yemen, para, enseguida, adentrarse en la zona antigua de la misma en la que se encontraban pequeñas mezquitas y escuelas islámicas en las que el personaje impartía enseñanzas del Corán. Daba cuenta de la vida retirada y un tanto misteriosa del clérigo, que vivía solo en una pequeña casa, adosada a  una mezquita, en la que apenas disponía de espacio para poco más que su catre, los elementos básicos para el aseo, una enorme cantidad de libros, legajos y mapas que allí, acá y acullá, se apilaban, casi desde el suelo hasta el techo y por encima y debajo de la única mesa, al lado de un enorme y vetusto sillón, ocupaban la estancia.

 El autor relata una serie de peripecias sobre consultas y problemas que los fieles le cuentan, pequeños robos que él resuelve y extrañas pócimas que suministra a algunos enfermos. En el barrio es fama que el anciano mulá tiene algo de hechicero o nigromante, pero eso, ha decir de otros, son cuentos de viejas. Hasta aquí lo narrado en el capítulo introductorio.

 He de aclarar que la historia se desarrolla a principios del pasado siglo XX, pero sin especificar un año en particular; por algunas referencias que aparecen en el texto, creo que podría ser no mucho más tarde del fin de la primera guerra mundial, allá por los años veinte.

 El siguiente capítulo tiene un título extraño: “Libro de oración de Al-Mansur” y debajo, en cursiva, reza Kitab Al-Azif. Me extrañó tal nombre y acudí, como otras muchas veces, a san google para consultar tal expresión. Mi primera reacción fue de absoluto asombro. Ese era el supuesto título original en árabe del Necronomicón, libro que yo creía inexistente, sabiendo que era un invento del escritor norteamericano H.P. Lovecraft, que lo hace aparecer en sus relatos de terror.Ni corto ni perezoso, pero con un cierto desasosiego, me armé de valor y me puse a leer lo allí escrito.

 Las primeras frases eran, aunque siniestras, poco más de una retaíla de salmos demoníacos, invocaciones a los muertos y a los poderes ocultos que en los oscuros arcanos de la formación del mundo tenían su reino (puro estilo Lovecraft, del que yo había leído en mis años mozos “CTHULHU”, libro que me produjo alguna noche de insomnio). Continuaba con una serie de condimentos, en plan fondo de despensa, imprescindibles para poder cocinar diversas pócimas con usos tan variopintos como peligrosos (desde venenos indetectables a bebedizos causantes de mil y una enfermedades o filtros de sumisión); muchos de los productos son los típicos que aparecen en libros de supuesta brujería, como alas de murciélago, plantas varias, hongos alucinógenos, mandrágora, minerales varios, en fin, lo clásico.

 El siguiente apartado lo dedicaba a la confección (al guiso) de los antedichos brebajes y emplastos, cuándo y cómo habrían de hacerse y en que proporciones, lo que se dice un recetario de cocina, ampliado con las palabras que había que salmodiar mientras se guisaba. Evidentemente ni pasó por mi cabeza intentar hacer nada de ello ni siquiera conseguir ninguno de los ingredientes. A estas alturas, con un cierto desasosiego y maldiciéndome por no haberme acordado de que tenía un ejemplar del Necronomicón escrito por H.P. Lovecraft y dándone una serie de patadas virtuales en salva sea la parte por no haber caído en que el autor de este relato era un tal H. Craft, que bien podía ser el propio H.P. habiendo modificado levemente su nombre, corrí a por mi Necronomicón con el fin de compararlos.

 Los dos primeros apartados eran idénticos en ambos libros. Ya daba por segura la autoría de ambos documentos, pero a partir de ahí, diferían ostensiblemente; bien, pensé, una nueva versión del libro, presuntamente maldito, obra del mismo autor, así que seguí con la lectura del recientemente descubierto sin más curiosidad que la de ver que oscuras ocurrencias aparecerían.

 En el siguiente párrafo indicaba como conjurar a íncubos y súcubos, ya sabeis, esos supuestos demonios que pueden extraer la energía de las personas, tanto a las mujeres (los íncubos) como a los hombres (las súcubos) teniendo relaciones sexuales con ellas durante la noche. Hace de esto tres noches. Al siguiente día mi santa mujer y yo estábamos al borde de la extenuación. Con mis últimas fuerzas, el segundo de los días arranqué las hojas de ese relato y las quemé en la chimenea; mientras ardían, de las llamas salían horrísonos gritos y se vislumbraban caras demoníacas retorciéndose convulsas, mientras un olor a azufre se extendía por toda la casa, hasta el punto que tuvimos que salir para no asfixiarnos.

 Esta ha sido la primera noche que descansamos en paz. Hoy el día a pasado sin contratiempos, reposando tranquilamente y procurando alimentarnos bien; ella y yo parece que vamos recobrando un poco las fuerzas y el ánimo.

 Escribo este documento para que cualquiera que tenga el libro de H. Craft titulado  “La extraña muerte del mulá Al-Mansur” o lo encuentre, lo destruya rápidamente sin leerlo, si puede ser quemándolo, al ser morada de peligrosos demonios y fuente de iniquidades. Pensando en todo lo sucedido, pienso que el Necronomicón original (Kitab Al-Azif ) si existió y fue conocido por Lovecraft, pero que éste lo deformó en la novela de ese nombre (publicada en 1938, después de su muerte) con el fin de evitar consecuencias indeseadas; también es posible que hacia el final de su vida (falleció en 1937) posiblemente por algún tipo de demencia dio a conocer el original, pero disimulándolo en el relato aquí comentado.

  P.E. NOTAS EXTRAIDAS DE WIKIPEDIA

 Lovecraft escribió una breve nota sobre la autoría del Necronomicón y la historia de sus traducciones, que fue publicada en 1938, tras su muerte, como Una historia del Necronomicón.​

Según esta obra, el libro fue escrito con el título de Kitab Al-Azif (en árabe: ‘el rumor de los insectos por la noche’, rumor que en el folclore arábigo se atribuye a demonios como los yins y gules) alrededor del año 730 d. C. por el poeta árabe Abdul Al-Hazred, de Saná (Yemen), de quien dice que murió a plena luz del día devorado por una bestia invisible.

Supuestamente, se conservarían cuatro copias completas:

· una en la biblioteca Widener de la Universidad Harvard, dentro de una caja fuerte;

· una copia del siglo XV en la Biblioteca Nacional de París;

· otra en la (ficticia) Universidad de Miskatonic en la inexistente ciudad de Arkham (estado de Massachusetts) y

· otra en la Universidad de Buenos Aires (Argentina).

 

 

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