CONDOLENCIAS VENECIANAS.
CONDOLENCIAS VENECIANAS.
El 29 de febrero pasado, tras larga enfermedad, la princesa Chiara Vittoria Baldasare di Lampedusa, única hija superviviente del príncipe Ludovico Baldasare, falleció en el hospital provincial. Estoy seguro de que, dicho así, muchos os preguntaréis de quién estoy hablando. Claro, es normal. Era aquella amable señora de pelo blanco tan elegante que todos en el barrio conocíamos como Venecia, variación amable de su largo nombre, ya que ella y toda su familia procedían de tal localidad, escapados hace muchos años, cuando era apenas una niña, de la terrible dictadura y de la guerra en que había metido a Italia el funesto Mussolini.
Es curioso que ella, nacida, como quien dice, entre las aguas, haya fallecido de una dolorosa hidropesía. ¡Qué bromas nos gasta en ocasiones la vida!. No tenía familia cercana, puede que unas primas lejanas, también muy ancianas, por la zona de Holanda o Alemania y otra, con la que no se hablaba tras la gran cagada del proces, en Gerona. Sólo unos pocos teníamos un trato más frecuente con ella, quizás por eso a su entierro apenas asistimos una docena de personas.
En el libro de condolencias sólo aparecieron tres firmas, yo mismo, el primero, Miguel de la Madrid Segura, su eterno mayordomo acompañante cocinero ocasional chico para todo Johan Berlín Muller y el camarero del restaurante que todos los días la atendía, en realidad les atendía, puesto que ella nunca se separaba de Johan, Antonio Vargas Japón, al que todos conocíamos como Tokio, emigrado aquí, a Barcelona, desde Coría del Río, descendiente directo de aquella embajada japonesa que en tal lugar se estableció allá por el siglo XVII.
Venecia, última de su dinastía, dispuso que su cuerpo fuese incinerado y sus cenizas sumergidas, sin solemnidad alguna, en la bahía de la ciudad que la vio nacer, por lo que el trío antes mencionado, ni cortos ni perezosos, nos confabulamos para cumplir sus últimas voluntades sin demora alguna. Una vez preparado el viaje, a pesar de las advertencias del encargado de la agencia sobre la irregularidad del tráfico de cadáveres (aunque fueran en polvo), la prohibición de verter dichos restos en el citado lugar y, sobre todo, que Venecia, la ciudad, ya no es lo que era, en realidad la otra tampoco, allí nos dirigimos.
Cierto era que la ciudad había perdido gran parte de su encanto, más que nada porque parte de ella, sobre todo lo que podríamos llamar “la zona vieja” había sido tragada por la inexorable subida del nivel del mar, causada por el calentamiento global que provocó una, no por inesperada, catástrofe mundial al anegarse en parte, o totalmente, las ciudades ubicadas cerca de las llanuras costeras, así que ahora sólo podía visitarse previo alquiler de un traje de neopreno, botellas de oxígeno, aletas y demás artefactos buceadores..
Ya se sabe, la estupidez humana es infinita y en lugar de prever soluciones a futuro, nos dedicamos a discutir si eran churras o merinas y después quejarnos de lo que llegue. Bueno, a lo que iba. Garbosos como somos, sin miedo a peligro alguno, decidimos que para no caer en manos de los carabinieri soltando las cenizas, mejor nos sumergíamos con ellas y, una vez en el fondo, vaciábamos la urna. Garbosos sí, pero achacosos también. El más joven, Tokio, además de rozar por encima los sesenta años, jamás se había metido en cauce o remanso alguno de agua que rebasase sus tobillos, amén de que no sabía nadar. Johan y yo habíamos rebasado los 70, nunca habíamos buceado y nos entraba una risa floja sólo con pensarlo, pero somos, por supuesto, hombres de recursos.
Nos acercamos a un grupo de ragazzi que, inconscientes de los peligros posibles, se zambullían en aquellas aguas con gran algarabía. Johan negoció con ellos una sustanciosa propina (cinco euros de vellón) por realizar nuestro encargo: llevar la urna al fondo y devolvérnosla una vez vaciada. Allí, en la paz de las profundidades, mecida por las suaves mareas mediterráneas y jugando con los pececillos, jugando con las medusas y con las merluzas que tú te comes, rodeada de un jardín de algas verdes, pardas y rojas, reposa nuestra querida Venecia. Un maravilloso lugar donde los tres le deseamos, en muda oración, que nos espere muchos años.
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