FIESTA

 FIESTA

 Todos los años, en fechas determinadas, las ciudades se engalanan para celebrar al santo, o santa de su advocación, en supuesto honor al cual se celebran mil y una actuaciones, festivales, música, teatros, desfiles y todo tipo de actos a los que una buena parte de los habitantes se une.

Esto suele ocurrir así desde tiempos ancestrales, aunque, en ocasiones, no se sabe muy bien porqué, el santo patrón de la ciudad no es el conmemorado en tales fiestas. Tal es el caso de Oviedo, cuyo patrono, san Salvador, pasa sin pena ni gloria (terrenal, por supuesto) cuando es su día. Los ovetenses, gente seria y de abolengo (algunos, los menos, el resto de tambor y gaita, según san Jerónimo Granda) celebran a un tal Mateo, supongo que al discípulo y posterior evangelista cristiano, aunque es también posible que sea algún antiguo eximio habitante de tan benemérita ciudad, más aún teniendo en cuenta que el tal santo es, además de lo antes dicho, patrono de banqueros, contables y recaudadores. No sé yo.

Bueno, dejémonos de disgresiones y vayamos al tema que hoy nos ocupa: las fiestas de una ciudad, Oviedo en este caso, aunque lo que después continúa podría referirse a cualquier otra, tal es el grado de similitud que dichas celebraciones suelen tener. Duración variable, entre unos pocos días hasta toda una semana o más. Actuaciones musicales variopintas, desde artistas consagrados (pocos) otros más o menos consagradillos, tropa de medio pelo o perfectos desconocidos para la mayoría, sólo reconocibles por fans iniciados, músicos todos ellos que, benditos sean, arrastran su impedimenta (y su cansancio) de lugar en lugar. Eso sí, en todos los casos, atronando la zona en la que las dadivosas y amables autoridades municipales, que por siempre sean benditas, hayan decidido ubicar los correspondientes escenarios.

Estos conciertos no sólo tienen lugar en la fiesta grande, no, que va, no. No hay barrio que se precie que no organice, en distintos días o meses, alguna actividad cuya manifestación más importante es la música atronadora a horas intempestivas, en las que infantes, abuelos y personal en general, deberían gozar de un posiblemente merecido descanso antes de reanudar su actividad al día siguiente. Una mierda les importa a los organizadores y a las autoridades municipales. Venga, fiesta, caiga quien caiga!

En cualquier fiesta que se precie no pueden faltar algunos elementos tales como algún desfile de carrozas o, en su defecto, de jóvenes mozuelas y mozuelos para alegrar la vista al ocioso y festivo respetable; en tales ocasiones, los actuantes van encaramados en curiosos artefactos de hechuras variadas, que representan algún capricho de los constructores o de tradiciones del lugar, intercalados con bandas de música, titiriteros y tropa multicolor.

Efímeros dispensarios de bebidas, de globos, de mil un productos se unen a los estáticos que tales mercaderías suministran a lo largo del año, concentrándose en ocasiones en zonas que, a fuerza de asistencia multitudinaria, impiden el normal discurrir (a partir de un cierto horario) del común de los mortales que trate de dedicarse a sus labores o a pacíficas ocupaciones, incluido a su necesario descanso.

No es ocioso citar que, a más a más que los habitantes del lugar, suelen desplazarse al mismo hordas de familiares, allegados, vecinos de lugares cercanos e incluso ociosos de lejanas tierras, atraídos por alguna peculiaridad, o no, de la amplia convocatoria de actos. Estos tipos de personajes se unen a los amantes locales del jolgorio y han llegado a darse casos en que la población se duplica, o aún más, en esos aciagos días.

Todo es un ir y venir, un no parar, un reír, un beber, un comer, sin rendición, apreturas, incomodidades mil, resacas, falta de sueño, descontrol. Evidentemente esto no le ocurre a todo el mundo, es más, me columbro que pertenezco al grupo, más bien escaso la verdad, de aquellos a quienes los demás llaman tristes, peñazos y otros adjetivos que vienen señalar a todos aquellos que no nos unimos al general desmadre, tildándonos de malas personas, de cortarles el rollo con nuestros fúnebres, cuando no enfadados, caretos.

Pues no, no estoy dispuesto a celebrar, cual creyente intermitente, la festividad de santo o santa alguno ni, en su honor, sumarme a la horda de fanáticos neoconversos, dedicados a todo tipo de excesos, soportando martirios impensables durante el común de los días.

 

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