EL RÍO RITA
EL RÍO RITA
En los primeros años de mi infancia solo había un río, el que todos conocíamos como río Rita. Más tarde, avanzados los años, conocí otros y me di cuenta de que mi infantil río era poco más que un regato, un arroyo que discurría, siempre tranquilo, relativamente cerca de mi casa; solo había que cruzar las vías del tren, bajar por el camino de tierra que pasaba cerca del matadero municipal y, unos doscientos metros más allá, se encontraba el río.
En nuestras correrías infantiles el tramo por el que nos movíamos era el comprendido entre el apeadero y la estación y talleres del tren de vía estrecha que unía (y aún une) las dos ciudades, villas en puridad, próximas más populosas, Gijón y Avilés.
Hoy, tantos años después, me entero de que el verdadero nombre geográfico del arroyo es Noval, y que el topónimo por el que se conocía (y sigue conociéndose en Candás) es debido a la existencia, aguas arriba, de un antiguo molino regentado por una persona de tal nombre de pila, o de casa, vaya usted a saber.
Es un río curioso, guadianesco, puesto que apenas a cinco kilómetros de su nacimiento, cerca del parque de Santarúa, se sumerge bajo dicho parque, el lavadero y, más allá, bajo la abandonada fábrica de conservas de Albo (una de las muchas, creo que seis, que en Candás había en mi infancia y juventud) para volver a ver la luz del sol ya directamente en la mar, donde vertía en la zona de la Pregona. En eso es un río propio de Jorge Manrique, va a parar a la mar que es el morir, no en la categoría de ríos caudales, sino en la de los más chicos.
Y todo eso en los pocos kilómetros por los que discurre, entre 5 y 10. Tampoco es ancho ni profundo, no más de metro y medio de anchura y algo más de medio de profundidad. Nace muy cerca, en algún manantial por la zona de Piedeloro, si bien en mis años de neno oí decir que nacía en una antigua mina de hierro que por aquella zona había, extremo éste que nunca he podido (o querido) comprobar. ¿Qué importa?, era nuestro río, que en ocasiones hacíamos navegable por el infantil procedimiento de pillar alguna lata de conserva, cazar algún indefenso animalillo, sean grillos, lagartijas o bichos de pequeño tamaño, meterlo en la lata y botarla al río, viendo cómo la corriente se la llevaba con destino desconocido, pero, como mucho, hasta la desembocadura. Por supuesto que algún que otro barquito de papel por allí hizo su singladura.
El Rita es un río independiente, no tiene ni un afluente ni es afluente más que del Cantábrico, sus aguas, límpias al principio, se nutrían de manantiales próximos a su curso, la Fuente de los Ángeles, la del Carbayo, la del Gorgoxo y, sobre todo, de la de Santarúa, con sus cinco caños manando ininterrumpidamente desde hace más de trescientos años.
Por supuesto que antes del moderno saneamiento, las aguas fecales aportaban, desde La Matiella hasta la desembocadura, todo lo que os podéis imaginar, perfumando una parte del pueblo con sus efluvios y tapizando la zona de playa que la bajamar dejaba, de todo tipo de detritus de fetidez variable. Cuando la marea subía y antes de la pleamar, grandes bancos de muiles, ávidos comedores de basura, se concentraban delante en la zona, tantos que a pedradas he cazado, o pescado no sé, yo más de uno.
En la parte alta, desde la zona de la Fuente de los Ángeles, el río estaba razonablemente limpio, al menos lo suficiente para sustentar una variada fauna de zapateros, libélulas, renacuajos, ratas de agua, e incluso anguilas y cangrejos de río que alguna vez fui a pescar con mi padre.
Pensándolo bien, es un arroyo triste, al que nadie ha cantado, ni cantará jamás, loa alguna, donde me temo que ahora apenas recibe la visita de los osados críos que lo saltábamos, atravesábamos y jugábamos con él, que, si alguna vez trabajó en un molino y fue portador de heces e inmundicias, ahora discurre sin pena ni gloria, medio oculto entre árboles y sebes, cuando no sumergido debajo del pueblo, castigado a no ver la luz hasta la mar, donde fenecen sus aguas tragadas en la grandeza del Cantábrico
Las crónicas dicen que ya existen registros de la existencia de Candás desde el siglo X, pero no he encontrado nada respecto de su río (tampoco me he molestado mucho en buscar), lo que está claro es que ya desde los finales del siglo diecinueve, cuando se instaló alguna de las conserveras de pescado, río había tiempo antes y, pese a las alarmantes prédicas de la nueva religión sobre las infaustas sequías que el calentamiento global nos trae, de momento sigue y seguirá habiendo.
Comentarios
Publicar un comentario