DRAGÓN


DRAGÓN 

A menudo recuerdo los años en que fui dragón. ¡Hace tanto tiempo!. Ahora nadie cree en que hubo unos años en que los dragones vivíamos felices en muchas zonas de este planeta, antes, mucho antes, de que los habitantes humanos las invadiesen y las superpoblasen. Ellos, no los actuales claro, sino sus antepasados, fueron los culpables de la extinción de nuestra especie.

Mi familia y las familias de mis antepasados ocupábamos una zona próxima a un frondoso bosque que se arrastraba desde las lejanas montañas hasta la costa, una costa casi llana, con una amplia playa y aguas no demasiado profundas, abrigada por dos grandes promontorios que la resguardaban de las escasas, pero impetuosas, tormentas que de tarde en tarde trataban de azotarla. Allí, durante generaciones, habitó mi familia, formada por aquel entonces por mi madre, mis dos hermanos y yo mismo, nacidos de una misma camada hacía apenas unos meses; mi padre había fallecido en un estúpido accidente al tratar de recargar su fuego en un volcán en erupción, en lugar de hacerlo como siempre comiendo los rojos frutos de la hierba de dragón.

Un malhadado día vimos llegar un extraño artefacto que flotaba sobre el mar y que traía en su interior unos raros animales bípedos, algo más grandes que los monos que comíamos, ataviados de raros y muy distintos pelajes. Nos pusimos a observarlos sin ser vistos. Todos los días, con el alba, dábamos una vuelta por la zona para ver en que empleaban su tiempo. Lo primero que nos llamó la atención fue que se dedicaron a cortar árboles y con ellos hacer una extrañas construcciones en las que, una vez terminadas, se metían al caer la noche. Mi madre nos tenía prohibido acercarnos a ellos.

Parte de su tiempo lo dedicaban a la caza de alguno de los muchos animales que en el bosque moraban y que, porqué no decirlo, nos fastidiaba, ya que eran parte de nuestro sustento. También se dedicaban a la pesca, peces grandes y chicos que, otra vez, nos ponía de mal humor por comerse lo que también nosotros comíamos. El proceso de tala de árboles avanzaba muy rápido, y en unos pocos meses ya habían penetrado no menos de 300 metros hacia el interior desde toda la longitud de la playa, que tenía no menos de 200 metros de larga, así que la zona desbrozada no bajaría de los 60.000 metros cuadrados.

Con los árboles talados y rocas que fueron descubriendo, habían construido más viviendas, un puerto y algunas barcas más pequeñas que en la que arribaron. Parte de la zona despejada la dedicaron a cultivar extrañas plantas que nunca habíamos visto por aquellos contornos. Cada vez teníamos menos animales y peces para comer, hasta que un día, mi madre dijo a uno de mis hermanos, el más fortachón, que nos trajese un animal de aquellos nuevos para ver si era comestible.

Ni corto ni perezoso mi hermano se acercó a un campo en el que un ejemplar bastante vigoroso faenaba ajeno a lo que se le venía encima, nunca mejor dicho, desde el cielo. Mi hermano lo agarró con sus garras, mientras un coro de gritos de miedo, espanto y dolor se elevaba desde todas partes. El tipo no paraba de patalear y berrear, a pesar de que madre le había dicho a mi hermano que lo tratase con delicadeza, cosa que él, por supuesto, hacía sosteniéndole con suavidad entre sus garras, sin clavarle las uñas ni apretar  más que lo justo para que no se cayese.

Cuando llegó al claro situado en lo profundo del bosque en que solíamos reunirnos para comer, charlar y descansar, lo depositó con suavidad en el centro del grupo que formábamos. El tipo nos miró y un temblor irresistible se apoderó de él, se arrojó al suelo y empezó a derramar agua por sus ojos y por las patas traseras. Tenía una envoltura extraña; su cabeza era redonda con una protuberancia que, saliendo de ella, la rodeaba formando una especie de ala; la parte superior de su cuerpo mostraba una cubierta blanquecina y la parte inferior era del color de los troncos de los árboles.

Mi madre, con mucho cuidado, le clavó una de sus uñas en la parte blanca, la retiró llena de una sangre como la de los ciervos, la chupó y dijo que no estaba mal, un poco salada, pero comestible. El tipo había dejado de gritar, gemir y moverse, algo raro para un arañazo tan sutil. Cuando no queda otra, podemos comernos a los animales o peces crudos, pero, por gustar, nos gustan más un poco asados, así que mamá le pegó un fogonazo y vimos cómo la zona blanca y la marrón desaparecían y debajo mostraba un nuevo tipo de piel, similar a la de la cabeza, quizás un poco más pálida. El tipo empezó otra vez a moverse, a revolcarse y a emitir enormes rugidos, así que mamá no tuvo más remedio que darle un buen zarpazo y lanzarle un buen chorro de fuego, tras lo cual se calmó y se quedo quietecito, como muerto.

Lo partimos en cuatro trozos, uno para cada uno y, aunque no estaba demasiado hecho, no nos desagradó, así que ya habíamos encontrado una nueva fuente de alimento y, además, bastante abundante y fácil de recolectar. No es que nos gustasen especialmente como menú, pero si ellos se comían nuestros ciervos y peces, arrancaban nuestros árboles y nos privaban de sus frutos, ¿porqué no podíamos nosotros comerlos a ellos?. Pues por eso nos comimos unos cuantos.

Ahí empezó, para nuestra desgracia, una feroz contienda entre dos depredadores con puntos de vista diferentes. Como en todas las guerras, la base es la invasión por parte de unos del territorio de otros, la lucha por los recursos y, al final, el exterminio o la esclavitud del vencido, “vae victis”· que decían los romanos. En este caso perdimos nosotros. Ellos eran muchos y tenían extraños artefactos que se clavaban en nuestro cuerpo, nos impedían volar o nos mataban instantáneamente. ¡Ay si nos los hubiéramos comido cuando llegaron! Pero pacíficos como éramos, dedicados a nuestro juegos en el aire y a comer lo justo para sobrevivir, no pensamos en la voracidad de esos seres y en su afán invasivo, de expansionarse más y más y acabar con el equilibrio natural.

Al principio nos temían, incluso quemamos algunas de sus edificaciones, pero construyeron esos maléficos artefactos que nos lanzaban y, en un aciago día, acabaron con la vida de mamá y uno de mis hermanos; el otro, loco de rabia, se dedico a quemar todos su campos, sus barcas, y todo lo que encontró a su paso, hasta que, exhausto, lo atraparon con una enorme red y lo lancearon hasta matarlo. Yo me refugié en lo profundo del bosque y allí estuve durante unos días, roto de dolor.

Apenas recuperado de mis cuitas, decidí marcharme de aquellos lugares que tantos recuerdos me traían y tantos dolores me estaban causando. Dediqué un par de días a reponer fuerzas, cazando y comiéndome alguno de aquellos seres y de sus bestias, teniendo buen cuidado de acecharlos bien primero para evitar caer en alguna de sus ladinas trampas. Me dirigí hacia el norte, donde, por mis difuntos padres, tenía noticia de que vivían algunos parientes. En mi viaje comprobé que aquellos siniestros bípedos estaban extendiéndose por todas las zonas, por lo que, excepto alguna que otra parada para reponer fuerzas, en unos días alcancé mi destino.

De mis familiares no hallé ni rastro, pero, al menos, la zona era tranquila, un poco fría para mi gusto, pero encontré una acogedora cueva en la que establecí mi residencia. Los bípedos no habían llegado aún a aquellas latitudes, pero tras unos años de tranquilidad obligada por una triste soledad, un día atisbé un pequeño grupo que se acercaba. Experto como era y con ya algunos años en mis alas, me los comí a todos sin dejar ni uno para evitar problemas venideros.

Esta situación se repitió unas cuantas veces, aunque los grupos empezaron a ser más numerosos y algún individuo se me escapaba con vida, lo que fue, al final, mi perdición. Un aciago día toda una tropa de aquellos infectos animales apareció por mis dominios; venían ataviados con brillantes ropajes y armados con artefactos de todo tipo. Yo ya estaba muy mayor para emprender una nueva huida y buscar nuevas tierras en las que reposar mis ya maltratados huesos. Cuando llegó la noche, haciendo acopio de todas mis energías (más bien escasas) ataqué a sangre y fuego (nunca mejor dicho) su campamento. Fueme bien en los primeros momentos de desconcierto, pero al cabo de unos minutos ya estaban repuestos de la sorpresa y respondieron a mis raids con saña, hasta dar conmigo en tierra y ensañarse a lanzadas hasta acabar con mi vida.

Sospecho que ahora alguno de vosotros, los más avispados, os preguntareis como puedo estar contándoos esta historia. El azar, la increíble sucesión de casualidades hizo que los átomos por los que estamos todos formados y que, al fin y a la postre, son los que se combinan para dar lugar a la vida, mis átomos dragoniles, al menos una buena parte de ellos, se reencontrasen, mantuviesen memoria de una vida anterior y formasen el ser que actualmente soy.

Todos los veranos viajo desde el sur hasta los territorios de mi primera juventud. Allí, durante todo el estío, convivo en paz con los humanos, saco adelante una nueva camada de polluelos y, aunque el paisaje ha cambiado muchísimo, aun reconozco la cala donde jugaba y me bañaba con mis hermanos dragones, la hermosa costa y los menguados restos de los antiguos bosques. Es muy hermoso volver allí, posarse en los cables que los humanos tienden de un lado para otro y, después de la caza y de alimentar a mis crías, charlotear con mis compañeras golondrinas.

Comentarios

Entradas populares de este blog

LOS FINALES

ALUCINANTE DÍA VERANIEGO

CRÓNICA DE TARIK IBN MUZA (CAPÍTULO 2)